Interludio

¿Vale la pena estar en las redes sociales?

Tu padre es actor, un tipo de enorme talento, gracioso y con una extraordinaria chispa cuando se aparece en los escenarios de la televisión. Pero, todo eso es sólo la parte visible de un hombre que sufre también los tormentos de la angustia y la melancolía. Al final, ese personaje se rompe por dentro y, en uno de esos momentos que tan inasibles nos resultan a los humanos que no hemos sido (todavía) maldecidos por la desesperación, se ahorca con un cinturón en su casa. Tal sería el capítulo final de esta tragedia familiar, personal y personalísima.

Pero no. Resulta que en las redes sociales comienzan a enviarte crueles mensajes donde te acusan de haber llevado a tu padre al suicidio, te insultan, se alegran de tu infortunio o te adjuntan fotos del cadáver. Así, nada más, por ejercer libremente ese derecho que se nos ha concedido para ser tan viles como queramos, para agredir, para atacar y para desquitarnos con cualquier persona por poco que conozcamos su dirección de correo electrónico o los datos de su cuenta de Twitter.

El caso de Zelda Williams exhibe en toda su dimensión la realidad de un mundo en el que la privacidad se pierde a pasos agigantados siendo, por si fuera poco, que nosotros mismos nos hemos colocado en la mira de los entremetidos. En aquellos tiempos, cercanísimos, en los que para comunicarte con una persona debías enviarle una carta a su domicilio, si es que lograbas averiguar su ubicación, o abordarla directamente en algún territorio neutral, han dado paso a una época en la que todos nos sentimos obligados a publicar nuestra filiación. Y así, cualquier individuo distante, cobijado en el cobarde anonimato que le ofrece la muy generosa Internet, puede hacernos llegar, directamente a la pantalla del teléfono inteligente o de la computadora donde tan plácidamente navegamos, sus extravagancias, sus chistoretes, sus gracejadas, sus ocurrencias o, peor aún, sus injurias de canalla redomado. La hija de Williams canceló sus cuentas. Es cosa de pensárselo…