Interludio

¡Tierra sí, aviones no!

La cercanía de un aeropuerto es molesta, sin duda. Y, ya vemos que hasta los muy tratables vecinos de las Lomas de Chapultepec sacan pecho, en plan abiertamente peleón, porque ahora los aviones les pasan por encima en vez de sobrevolar, como acostumbraban anteriormente, otros barrios (es extraño porque en Polanco, donde habitaba yo, nunca me pareció particularmente desquiciante el ruido de los Boeing siendo que lo que no soporto, ahí sí, es el imbécil estruendo de los altavoces en esos comercios que, quién sabe por qué, suponen que así atraerán a la clientela).

En fin, el tema del derecho al silencio merecería páginas enteras en un país de calles y espacios públicos estridentes donde cualquier individuo de la especie se siente facultado para armar sus bataholas, así sea bajo la forma de una música que, en su condición de obligatoria, se vuelve simplemente abominable (para mayores señas, no hay manera ya de engullir platos en santa paz en un restaurante: te machacarán constantemente los tímpanos con canciones sonadas a alto volumen).

La oposición a los aeropuertos, sin embargo, no siempre resulta de la disconformidad con el ruido ni mucho menos. Ahora mismo, tras el anuncio de que la capital de todos los mexicanos contará por fin con el aeródromo que necesita —y merece— una gran ciudad de un gran país, los habitantes de Atenco vuelven a las andadas y manifiestan su total negativa al proyecto. Pero, ¿qué pretextan y qué alegan? Pues, que deben preservar sus costumbres y sus tradiciones, además de defender su tierra. No nos queda muy claro, a los de fuera, el tema de los terrenos porque el Gobierno federal va a realizar la obra en suelos de su propiedad y sanseacabó. Lo que si resulta evidente, una vez más, es la desalentadora realidad del México oscuro y autodestructivo.

 

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