Interludio

Supersticiosos e ignorantes

No quiero ni imaginar lo que era la vida, digamos, hace unos 200 años, con unas condiciones sanitarias espantosas, sin antibióticos, sin anestésicos y sin todas esas comodidades de la vida moderna que ahora damos por descontadas. Hasta hace muy poco, los individuos de la especie morían como moscas, por las complicaciones de un resfriado, por alguna de esas epidemias que hoy están totalmente controladas o por las simples durezas de una cotidianidad hecha de descarnada explotación, violencia y pobreza.

Es perfectamente normal, en estos tiempos, que un ser humano viva ochenta años gracias a los cuidados que ofrece la medicina moderna. Y gracias, también, a una alimentación mucho más equilibrada y completa que la que podían tener los consumidores en los siglos pasados: ¿se podían comprar frutos tropicales en la Europa del siglo XIV? ¿Se podía siquiera imaginar la existencia de esos supermercados que te ofrecen ahora una deslumbrante variedad de alimentos de todas las proveniencias?

Pero, miren ustedes, mucha gente experimenta una extraña desconfianza a los medicamentos y rechaza, con oscuros recelos, los alimentos que se producen en la cadena industrial siendo que ha sido gracias a la bendita química —a los fertilizantes, a los insecticidas y las sustancias utilizadas en los cultivos— que pueden alimentarse los miles de millones de seres humanos que pueblan el planeta.

Lo más llamativo es el impulso de recurrir a la “medicina tradicional” cuando es la otra, la de las cirugías y la quimioterapia, la que salva vidas. Hay un abuso en la utilización de los antibióticos, desde luego, pero no me digan ustedes que unas gotitas (no hay fundamento científico alguno para la homeopatía) o una dieta de verduritas “orgánicas” (vaya denominación: hasta dónde yo estoy enterado, los humanos no masticamos piedras) te van a salvar de un cáncer violento. Lo modernidad no nos ha quitado lo supersticiosos (e ignorantes) que somos.