Interludio

Suárez: brota el hombre lobo

El salvaje que llevo dentro no puede menos que sentirse totalmente subyugado por el gesto de Luis Suárez, el extraordinario jugador del equipo de Uruguay que, al faenar con un contrario en el campo de juego cuando los suyos no habían logrado todavía anotarle un gol a los italianos, no tuvo mejor idea que soltarle un mordisco en el hombro.

¿De qué oscuros y remotos instintos estamos hablando, en pleno siglo XXI, como para que un individuo de la especie no pueda resistir el impulso, madre mía, de masticar las carnes de uno de sus congéneres?

Digo, hasta donde tengo entendido, los humanos no somos de la variedad que mordisquea sino que preferimos asestar patadas y puñetazos. O, ya en plan más belicoso, hacernos de una pistola, que es un artilugio indiscutiblemente moderno, y descerrajar tiros a diestra y siniestra para ajustar cuentas, defender a la prole o dejar bien marcado el territorio.

Pero esto que, lo repito, me resulta desaforadamente divertido ¿de dónde diablos surge y cuál viene siendo la explicación antropológica o, por lo menos, qué esclarecimiento nos puede aportar una ciencia aproximativa como la psicología y esa cauda suya de terapias de todo pelaje tales que la racional emotiva, la conductual cognitiva, la humanista o la sistémica breve, entre otras que pudiera necesitar el personaje de marras si es que termina resultándole muy costoso su momento de incontenible bestialidad?

Ahora resulta, amables lectores, que los hombres mordemos; no aullamos ni lanzamos gritos de guerra ni estrangulamos ni apaleamos ni machacamos. No, señor. Mordemos. Soltamos dentelladas como los perros y los osos y los tigres. Ya Mike Tyson, subido al ring, le había arrancado un trozo de oreja a su adversario de turno. Y aquello nos había escandalizado aunque el tipo tenía, lo que se dice, sus antecedentes y un feo pasado de difusa criminalidad. Pero ahora, la estrella del equipo uruguayo nos ha resultado también vagamente caníbal. Ay, mamá…