Interludio

Siempre tiene que haber complot

¿La “caída del sistema” en 1988 fue realmente una artimaña para perpetrar un gigantesco fraude electoral? Miguel de la Madrid, protagonista directo del suceso, lo explicaba de la siguiente manera: las cifras que primeramente se dieron a conocer provenían de zonas urbanas donde Cuauhtémoc Cárdenas llevaba una significativa delantera. De continuar el proceso de difusión publica de los resultados, en algún momento posterior, al comenzar a llegar los datos de otras regiones en las cuales no ocurría lo mismo, la súbita y radical modificación de las tendencias sería interpretada por la ciudadanía como una maquinación. Se tomó entonces una decisión que podríamos llamar de Estado: interrumpir la información. En el momento en que se tuvieran ya los números de una mayoría significativa —y, sobre todo, verdaderamente representativa— de los distritos, entonces se darían a conocer los resultados finales. Y fue, en efecto, lo que ocurrió. En lo personal, me parece una aclaración creíble y bastante razonable. Pero, la gente no se la traga. Millones de mexicanos están totalmente convencidos de que esas elecciones no fueron limpias. Y no hay manera de convencerlos de lo contrario.

En lo que toca al asesinato de Luis Donaldo Colosio, es también imposible persuadir al respetable público de que no se trató de un complot orquestado desde el poder mismo. Es más, muchas personas ya han señalado el presunto culpable y el hecho de que Colosio fuera el gallo de Salinas, su apuesta y su designación personalísima —bajo el ancestral procedimiento del dedazo, con el perdón de ustedes— no parece alterar la lógica de quienes se creen la correspondiente teoría conspiratoria al tiempo que rechazan, desechándola como engañifa para incautos, la demonstración de que hubo un asesino solitario.

Estos dos acontecimientos nada tienen que ver. Ni tampoco se pueden asociar para cuestionar —o, por el contrario, creer—la verdad “oficial”. Simplemente, los consigno porque sí.