Interludio

Si no pagas, no votas


Entre las ideas de una amiga mía muy avispada destaca su juicio de que no todos los ciudadanos deberían votar. ¿Por qué? Pues dice, para empezar, que muchos de ellos no están lo debidamente informados de las cosas como hacerse siquiera una mínima idea de quién es el mejor candidato o cuál es el partido político con las propuestas más sensatas. Pero, sobre todo, sostiene que el derecho a elegir a los gobernantes debería de ser negado a los que no pagan impuestos, es decir, a los que no cumplen con las obligaciones que tienen con el Estado.

Una propuesta así es inaplicable, desde luego, porque contradice los elementos mismos de la democracia y desconoce el principio de igualdad entre los individuos. Pero, vale la pena reflexionar un poco sobre el hecho de que una persona que no respeta las leyes y que desobedece las normas no debiera, en efecto, gozar de los mismos derechos que quien sí acata los mandatos legales.

Resulta extraña, si lo piensas, la alegre concesión pública de facultades a todos, inscrita solemnemente en el mismísimo texto constitucional, siendo que, en la vida, las prerrogativas no te caen del cielo y los merecimientos no te son otorgados en automático sino que tienes que ganártelos esforzadamente. Pero, en fin, la realidad del voto universal es casi tan  incontestable como una ley natural y debemos así aceptar que, en un país normal y moderno, votan absolutamente todos los individuos de la especie por poco que hayan cumplido la mayoría de edad.

Y, de cualquier manera, es casi imposible imaginar un mecanismo para establecer las diferencias  entre unos y otros. Para empezar, ¿quién calificaría a los ciudadanos? ¿Qué criterios servirían para establecer que fulano o mengano no saben hacer distinciones entre un caudillo populista y un tecnócrata insensible? La única manera de implementar tan tremendas restricciones sería, tal vez, exigiendo la cédula de registro ante el implacable SAT. Votarían, entonces, tres gatos. No, no hay manera…