Interludio

Shenzhen, la ciudad que no podemos ser

Una de las más desalentadoras constataciones que se puedan hacer sobre la realidad mexicana resulta de la comparación con esos países que, hasta hace poco, estaban por debajo del nuestro en términos de desarrollo, nivel de vida, infraestructura o simple poderío económico. El caso de Corea del Sur, en este sentido, es particularmente apabullante: algo hicieron sus gobernantes —y sus pobladores, desde luego— para transformar radicalmente a una nación que podría, meramente con la presencia de Samsung, reclamar un sitio de honor en la lista de los competidores más aventajados a nivel mundial. Y si dirigimos una mirada a los resultados que se derivan de sus políticas públicas —los desempeños en el terreno de la educación, la cantidad de patentes industriales que registran sus ingenieros, el nivel de investigación y desarrollo, el impacto que tienen sus productos en los mercados o el simple bienestar de su población— entonces no podemos sino hacernos la pregunta de qué es lo que se ha dejado de hacer aquí.

La respuesta la sabemos, desde luego: promovemos deliberadamente un paternalismo que adormece las iniciativas personales, cultivamos la cultura de consentimiento (un modelo centrado en el beneplácito, la permisividad y la condescendencia) y, sobre todo, hemos dejado que la corrupción infiltre todos los espacios de la vida nacional, incluido nuestro aparato de justicia (ni más ni menos), con lo cual no contamos con las certezas jurídicas ni las garantías para construir una sociedad de reglas mínimamente claras.

Me vienen estas reflexiones a la cabeza luego de una fugaz visita a una ciudad de otro país asiático que también nos ha sacado una inalcanzable delantera: Shenzhen, en el sur de China, es una urbe moderna, limpia, llena de parques, ordenada, próspera… Sus amplias avenidas no han sido trazadas con la cicatera mentalidad de sacarle el máximo provecho pecuniario al terreno sino que están bordeadas de zonas verdes exquisitamente arregladas por trabajos de jardinería. No hay baches. En fin…