Interludio

Reflexiones de un bobalicón idealista

Los niños suelen razonar con una lógica implacable; por ello mismo es tan difícil dar debida contestación a esas preguntas suyas que, las más de las veces, plantean temas tan fundamentales como imposibles de justificar. Te cuestionan, entre muchos otros asuntos, por qué hay hambre en este planeta, o guerras, o pobreza, o injusticias. Y, por poco que te pongas a reflexionar sobre la realidad real, no tendrás más remedio que constatar, tú también, lo profundamente absurdas que son las cosas aunque sepas, a la vez, que un nefasto entramado de intereses, costumbres y tradiciones determinan fatalmente el orden del mundo.

A todos nos han dicho, por ejemplo, que el gasto en armamento de las naciones bastaría para acabar con la pobreza: imaginen ustedes que esos miles de millones de dólares que cuestan los aviones de caza invisibles y los proyectiles teleguiados y las bombas de fragmentación fueran utilizados, simplemente, para construirle viviendas dignas a todas las personas y brindarle buena educación a los niños. Casi de inmediato, el planeta entero sería diferente: un lugar mejor, mucho más justo, aparte de humano. Pero esto, que parecería, a primera vista, evidente, no se hace: los gobiernos de la tierra administran lo público como si viviéramos en los tiempos de la horda primitiva, como si el proceso civilizatorio no hubiera tenido lugar y como si la violencia, y no el bienestar, fuera la primera de las prioridades. Y así, a punta de ejércitos, armamentos disuasorios, advertencias, bravatas y despliegues de fuerza bruta se logra mantener, dicen, la paz del mundo; y así, también, se proporciona empleo a quienes laboran en la más desaforadamente improductiva de las industrias, la militar, porque fabrica instrumentos para destruir.

Pero, lo que más me llama la atención es que plantear estas cuestiones, así de indiscutibles como puedan ser, te coloca en el campo de los bobos idealistas, de los adolescentes ilusos.