Interludio

Reconocer lo bueno del mundo

Rara vez son más ofensivos los comentarios que recibo de los lectores que cuando se me ocurre consignar la innegable mejoría de las cosas en este país. Pero, quien no perciba que el proceso civilizatorio de la humanidad es evidente —simplemente, en las plazas de las ciudades de Occidente no se llevan a cabo atroces ejecuciones públicas, la Santa Inquisición ya no existe, los códigos penales son mucho más humanos, la pena capital ha casi desaparecido, etcétera, etcétera— es que no sabe, o no quiere, advertir la aplastante evidencia de los cambios.

La crueldad oficializada era, hasta hace muy poco tiempo, una estremecedora realidad en nuestras sociedades: a los individuos se les perseguía meramente por aseverar que la Tierra era redonda, por negar la supremacía de tal o cual religión, por expresar su inconformidad con el orden establecido, por ser diferentes a los otros o por no obedecer dócilmente las órdenes del tiranuelo de turno. Stalin, el mayor genocida de todos los tiempos, nos queda a la vuelta de la esquina en términos históricos. Hitler también. Hoy, sin embargo, no hay en este planeta nadie semejante a esos personajes y el maligno sátrapa de Corea del Norte, ese jovenzuelo aficionado a los videojuegos que recibió el poder de manos de su padre sin que nadie pudiera decir ni pío, no ha logrado sojuzgar a otra gente que sus infortunados súbditos.

No pretendo ser un emisario del optimismo idiota pero no creo que afirmar que en México vivimos en una dictadura sea una manifestación del pensamiento crítico sino una aseveración tan simplista como injusta. Reconocer lo bueno del mundo, y de la vida, no es un pecado. Es elemental agradecimiento. Pues eso.