Interludio

Recibos electrónicos: mucho más prácticos y más cómodos

Ya no voy a la imprenta a que me hagan recibos de honorarios. Doña Hacienda quiso que, a partir del primer día de 2014, los talones fueran electrónicos, es decir, que existieran en ese extraño espacio virtual adonde solamente puedes adentrarte por medio de una computadora. Creo que es bueno, eso de dejar de usar papel. Son árboles que no se cortan y toneladas de basura que no se tiran. El problema es que el sitio de Internet del pavoroso SAT —tan eficiente y tan riguroso a la hora de cobrarnos los impuestos a los pagadores cautivos que uno se pregunta por qué papá Gobierno no pone a todos esos inspectores y fiscales a resolver el morrocotudo problema de la impunidad en el astroso apartado de la justicia mexicana— está saturado y que si quieres tener esas facturas virtuales que te son exigidas entonces debes contratar a un proveedor por tu cuenta.

Yo ya lo hice: medio millar de recibos me costaron medio millar de pesos. No me parece caro. Aquí van las cuentas: 300 pesos que me costaban unos 200 recibos de papel —con fecha de caducidad, encima, como si fueran productos lácteos o medicamentos (¿por qué demonios?)— más los envíos por servicio de mensajería (cerca de 200 pesos, también, que es lo que me cobraban en DHL) cada vez que debía suministrarle un recibo a alguien y, miren ustedes, resulta que salgo ganando con las nuevas disposiciones fiscales. En poco más de un mes ya dejé de gastar la plata de antes.

No es enteramente fácil cumplimentar con todos los datos en la página del proveedor pero, digo, uno termina por aprender. Y, lo puedes hacer en casa, en tus ratos libres o cuando te venga en gana. O sea, que el sistema es más práctico, más benigno con el medio ambiente y, sobre todo, menos caro. El pueblo mexicano, sin embargo, está en franca rebeldía con las nuevas disposiciones. Se entiende la molestia. Pero, entonces, ¿nunca vamos a poder modernizar nada en este país?