Interludio

Que se pudra Guerrero

Y, de paso, que se derrumben también Oaxaca y Michoacán. Estos territorios fueron asolados ya por delincuentes de muy variado pelaje: narcotraficantes reconvertidos en extorsionadores, ladrones comunes metidos a secuestradores, profesores mafiosos dedicados al sabotaje puro y duro, funcionarios tan corrompidos como cómplices de los criminales y antiguos guerrilleros trasmutados en maleantes del montón. Todo ello alentado por una cultura local de incumplimientos y consentido por gobernantes no solamente acobardados frente a los poderes fácticos locales (ahí está don Cué, que no se atreve ni a lanzar una tibia advertencia a los cavernícolas de la CNTE) sino preocupados esencialmente de complacer a sus clientelas. Es la mentalidad corporativista —es decir, la de promover abusivamente, y en detrimento de los otros sectores de la población, los intereses de un cuerpo, sea este una pandilla de maestros o una agrupación de trabajadores— llevada a sus más irracionales extremos.

Michoacán se salvó por los pelos porque es un estado de la República con un sector agrícola muy boyante. Pero la economía se ha desplomado en muchos puntos de las otras dos entidades: se han cerrado negocios, se han perdido empleos, se han cancelado proyectos y las perspectivas son cada vez peores en un entorno de vandalismo y violencia. La escandalosa permisividad de unas autoridades que, artera y deliberadamente, no hacen distinción alguna entre la “represión” y el simple ejercicio de la fuerza legítima del Estado para combatir la fuerza ilegítima de los revoltosos ha sido terriblemente perniciosa para muchas comunidades. Se permiten alegremente incendios, saqueos, cierres de comercios, bloqueos de autopistas, destrozos de oficinas públicas y toda suerte de depredaciones mientras los ciudadanos pacíficos, ésos cuyos derechos son pisoteados sin mayores miramientos por los vándalos, viven en una asombrosa indefensión. En este país mandan las minorías, señoras y señores.