Interludio

Publicar lo privado es una canallada

Hacemos y decimos cosas, en el ámbito privado, que nos matarían de vergüenza si se supieran públicamente. Para empezar, perderíamos el afecto de la mayor parte de nuestros amigos al enterarse estos de algún juicio proferido —como suele ocurrir con esas apreciaciones que soltamos tan despreocupadamente cuando alternamos en corto con gente de nuestras confianzas o, meramente, con el interlocutor de turno— a la ligera, sin siquiera mala intención, pero que les resultaría de todas maneras hiriente por venir de un camarada a quien se le supone lealtad. Y, justamente, cuando algún tercero —ése sí, con la insidia del maldiciente y la bajeza del murmurador— tiene a bien avisarnos, con lujo de detalles y algún pormenor añadido por ahí, de las críticas que nos dedican los compañeros —“te aprecia mucho pero dice que eres muy inconstante; le gusta departir contigo siempre y cuando no lo fastidies con tus historias de siempre; reconoce tus empeños aunque cree que no eres muy inteligente”; etcétera, etcétera— entonces nos sentimos profundamente lastimados y el agravio, si es que no queda indeleblemente grabado en nuestro corazón, tarda mucho en ser perdonado.

Pues bien, ¿qué pasaría si fueran reveladas nuestras conversaciones telefónicas, difundidas nuestras charlas de café o publicadas nuestras opiniones privadas? ¿No nos parecería una auténtica cabronada perpetrada, encima, por sujetos canallescos y abusivos? Y, miren ustedes, es lo que ha ocurrido, una y otra vez, con muchos de esos personajes públicos —de la política, de los negocios o del mundo del espectáculo— quienes, por lo visto, no merecen el derecho a la privacidad y a quienes, por si fuera poco, nos apresuramos a juzgar y condenar como si nosotros mismos fuéramos individuos absolutamente ejemplares, de modélicas virtudes y de comportamiento intachable en todas las circunstancias.

Si no defendemos la privacidad de los otros, que es también la nuestra, entonces le estaremos abriendo la puerta al totalitarismo de los inquisidores. ¿Eso queremos?