Interludio

¡Pena de muerte para Abarca!

Bien puestos y bien entrados en el tema de vocear airadamente lemas en las marchas de protesta por los sucesos de Iguala, no encontraría, en lo personal, reclamación más lógica, aparte de congruente, que ésta, la de que al tipo –que, según parece (y según consignó, en su momento, René Bejarano, aunque poco caso le hicieron en la Fiscalía de la nación, lo cual, ahí sí, es una omisión mayor), habría asesinado a sangre fría a un militante del PRD, aparte de ser el primerísimo responsable de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y de la muerte de otras seis personas—, que al tipo, repito, le apliquen la inyección letal, como en Texas, o que lo electrocuten como en Oklahoma o, ya en plan desaforadamente bestia, que lo ahorquen como a los apóstatas y los renegados de Musulmania.

Digo, la rabia y la indignación llevan siempre a exigir medidas extremas. Luego entonces, nada de medias tintas ni de blandenguerías ni de tibiezas. No. Muerte. Ejecución sumaria de un canalla redomado, sí señor. Pero, miren ustedes, no lo he oído en momento alguno. Nadie ha proferido tan entendible reclamación ni nadie la ha garabateado en una manta en los desfiles donde se reclama justicia ni nadie la ha dejado pintarrajeada en esos muros callejeros que, tras las manifestaciones, quedan atiborrados de fieras consignas. Lo que sí nos llega a las orejas es la machacona exigencia de que vuelvan con vida los muchachos siendo que es totalmente ilógico que alguien los tuviera todavía detenidos en algún lugar. La primera pregunta que te vendría a la cabeza es: ¿por qué? ¿Para qué? Y, sin embargo, eso sí que suena, lo de “vivos se los llevaron, vivos los queremos”, como una demanda tan especifica como, creo yo, imposible de satisfacer.

Nadie alzó tampoco nunca la voz para pedir que se le hiciera justicia a Gonzalo Rivas, el joven empleado de una estación de servicio, quemado vivo por otros estudiantes de la escuela normal de Ayotzinapa. En fin…