Interludio

¿De quién es Pemex?

El argumento de quienes se oponen a la “privatización” del petróleo es diáfano: se trata de un despojo, un robo a la nación y, luego entonces, una traición a la patria. Así como lo oyen.

A nadie de le gusta que le quiten sus cosas, desde luego. Pero, para abrir boca, Pemex no es nuestra, de cualquier manera. En cuanto a la posible propiedad de los hidrocarburos, o de cualquier otro “recurso estratégico de la nación”, no se trata de las joyas de la familia, que deben ser traspasadas de generación en generación (hasta que, por arcaicas y deslustradas, dejen de tener valor y deban ser rematadas como puro metal) sino, por el contrario, de una posesión que debiera ser comerciada, invertida, explotada y, finalmente, multiplicada.

En Noruega, que podría ser un ejemplo de políticas estatistas en este sentido, las colosales ganancias del petróleo han servido para llenar las arcas de un fondo nacional, una suerte de gran reserva de dinero, para cuando vengan los tiempos de vacas flacas. Pero aquí no ha sucedido eso: Pemex tiene una deuda —en lo laboral y lo meramente financiero— que tendríamos que solventar todos los mexicanos con la plata de nuestros bolsillos en caso de que nos fuera exigido su pago. Es al revés. Y, si papá Gobierno tuviera que realizar las inversiones que la empresa paraestatal requiere para producir más —es decir, para comenzar a ganar dinero— entonces dejaría de construir escuelas y hospitales (que, de por sí, anda un poquitín rezagado en el tema de las infraestructuras).

Desde luego que Pemex sirve para darle recursos frescos a ese mismo Gobierno. Por eso mismo no logra cuadrar las cuentas, porque le quitan a la torera sus ganancias. Pero es también un botín para muchos: para el sindicato, para los transportistas, para los proveedores, etcétera, etcétera, etcétera. O sea, que no es de todos los mexicanos sino solamente de algunos. Hay una diferencia, ahí.

En fin, esto es un verdadero choque de civilizaciones. Ojalá no salgamos perdiendo, ahí sí, todos.