Interludio

No había salida para Abarca

Se veía venir. No había manera de que el tal Abarca y su entrañable asociada pudieran evitar el desenlace que habría de sellarfatalmente su destino de individuos proscritos: marido y mujer, hermanados en una trama criminal y movidos ciegamente por la fuerza de la maldad, como personajes de una tragedia griega, terminaron por caer en manos de la policía. Hasta ahí la aventura. Hasta ahí la impunidad. Hasta ahí el desafío lanzado.

¿En qué momento les pareció mínimamente viable vivir una existencia de fugados, a salto de mata, sin vestigio alguno de los antiguos esplendores y, sobre todo, sin otro futuro que la huida permanente y la realidad de esos cuartuchos miserables donde pudieran apenas preservar su precario anonimato? ¿Cuándo fue que imaginaron, así fuere que su complicidad en hechos terribles consagrara su indisoluble ataduracomo un desafío al mundo entero, que podrían escapar y que había todavía un camino por recorrer tras perpetrar crímenes odiosos?

Y estas preguntas se vuelven incluso más apremiantes cuando no ha ocurrido aún la consumación del delito mayor, es decir, cuando la mera idea de ordenar, como se cree que lo hicieron, la desaparición de decenas de hombres jóvenes debiera ser, por sí sola, tan descomunal y tan descabellada que no debiera siquiera ser pensada. ¿No imaginaron, ahí, que estaban jugando con fuego y que las consecuencias serían inevitables?

Es un enigma, todo esto. Y, sin embargo, así funcionan y así se mueven los canallas que han tomado por asalto a este país. Así, con esta inconsciencia suprema y con este desprecio, ya no por las leyes, sino por la realidad misma. Muchos de ellos están muertos. Otros más se encuentran encerrados en una inclemente prisión de alta seguridad. Y los demás tienen sus días contados, ya sea porque se les aparecerá el sicario de la banda rival para descuartizarlos o porque la policía terminará por hacer su trabajo. Pues, con todo, ahí están y ahí siguen. Misterio profundo…