Interludio

La Navidad de los tristes

La Nochebuena es una celebración familiar. Las personas que están sólidamente unidas a sus semejantes se reúnen de la manera más natural para recordar el nacimiento del niño Jesús. Pero, vivimos en la era universal del divorcio, por lo menos en Occidente. Y ahí, no queda otro remedio que negociar: quién pasa la velada con quién, cuándo le tocan los hijos al ex marido, cuál es la fecha límite para su retorno a casa o cuándo se reúnen con los abuelos maternos. Son arreglos muy complicados porque, las más de las veces, el rencor que se ofrendan los antiguos esposos prevalece sobre el espíritu navideño. Nuestra sociedad está además habitada por un número creciente de personas solas, por no hablar de los viejos en los asilos y de esos emigrantes que, habiendo abandonado el terruño para labrarse un mejor futuro, viven la difícil realidad del desarraigo y la distancia.

Toda esta gente se enfrenta a la dura experiencia de traspasar esta fecha sin compañía y sabiendo, además, que el resto del mundo se cobija en el cálido ambiente de unos hogares donde la felicidad es un mandato machaconamente formulado. Feliz Navidad, decimos, de manera tradicionalmente espontánea, para conjurar cualquier sombra de adversidad en estas fiestas, y lanzamos así una suerte de irremediable condena a quienes no pueden encontrar el refugio de la familia o el calor de los amigos.

Se preguntarán ustedes por qué reflexiono sobre la tristeza en un momento de globalizada alegría. No voy de aguafiestas ni nada parecido, amables lectores, pero las personas solitarias merecen un recuerdo. Sobre todo hoy, en Navidad.

Mañana será otro día.