Interludio

México es mejor. Sí señor

Defender una causa justa no te convierte en una persona justa. Es más: muchos de los posibles paladines de movimientos sociales tan incuestionables como aquellos que defienden los derechos de las minorías o que promueven el bienestar de los oprimidos se sienten tan bendecidos por la intrínseca nobleza de su lucha que se arrogan, en automático, derecho excepcionales. Perpetran así insolentes descalificaciones a todos los que no concuerdan de manera absoluta con su manera de pensar, practican un abusivo victimismo y se mueven por el mundo como si todos los demás tuvieran con ellos una deuda impagable, aparte de ferozmente exigible. Por lo visto, la vanidad de saberse emisarios de una verdad “absoluta” los vuelve intolerantes e inmoderados ahí donde los demás mortales, que somos simplemente gente del montón, nos resignamos a promover cautelosamente unos principios que ni siquiera sabemos si son tan determinantes pero que, en todo caso, no merecen manifestación alguna de fanatismo.

Lo digo porque, en muchas ocasiones, el mero hecho de denunciar una situación de injusticia o desigualdad pareciera certificar, sin mayores trámites, la validez del señalamiento. Acusa, imputa, denuncia… que algo quedará. Aquí, muchos inconformes se solazan todavía en sus machaconas jeremiadas como si este país no hubiera ya cambiado y como si no fuera, en los hechos, un lugar mucho mejor para vivir que hace algunos años. No hay manera, así, de meramente señalar, por ejemplo, que hay libertad de expresión o que podemos votar por el politicastro que nos venga en gana en unas elecciones supervisadas por los propios ciudadanos, a diferencia de unos tiempos, no muy remotos, en que la figura del “Señor Presidente de la República” era intocable y donde las votaciones las organizaba, a su antojo, nuestro ministerio del Interior. Decir esto no es ser oficialista ni tampoco estar al servicio del régimen de turno sino reconocer tan sólo una realidad palmaria. Pues eso. Y, nada más.