Interludio

¿Mexicanos readaptables?

Lo de las cárceles no es un tema menor. Escribí ayer, en este espacio, que faltan miles y miles de celdas para encerrar a todos esos malos mexicanos que, con el perdón de quienes confunden interesadamente el ejercicio de la autoridad con el abuso del poder, significan un auténtico cáncer para la nación. La raíz del problema es que, desafortunadamente, enfrentamos una realidad de hechos consumados: ya nos encargaremos, en su momento, de amansar preventivamente a las fieras administrándoles cuartetos de Mozart y poemas de Charles Baudelaire pero, por lo pronto, el paisaje de este país está desbordado de ciudadanos corrompidos, envilecidos y malignos.

La limpieza de la casa, en este sentido, es una tarea que parece punto menos que imposible porque la recuperación de todos esos individuos de la especie —que ya están ahí, como he señalado tantas otras veces— no parece mínimamente realizable: ¿se puede trasformar, por dentro, a un sujeto que ha dedicado la mayor parte de su vida a la trampa, la mentira, la brutalidad y la violencia? Tal dicen que debiera ser el propósito de esas prisiones que —en el engañoso lenguaje público que se acostumbra en estos pagos (hablando de confusiones deliberadas, aquí tratan de engatusarnos a punta de pomposos epígrafes, teñidos de buenos deseos, que desconocen cínicamente las evidencias)— llamamos “Centros de Readaptación Social” pero que ni te readaptan ni te vuelven más sociable sino, todo lo contrario, te trasforman en un criminal redomado (el término “penitenciaría”, de uso común en mis tiempos, era por lo menos más honrado, a pesar de su posible connotación religiosa). En cuanto a las otras posibles acciones, es cierto que a un chico con problemas, crecido en el desamparo y el maltrato, lo puedes “readaptar”, por ejemplo, cuando la práctica de un deporte —el box o el baloncesto— le abre un horizonte esperanzador. Pero, ¿a todos los otros, al sicario, al secuestrador que corta orejas, al juez canalla o al policía soplón? Ustedes dirán…