Interludio

Mexicanitos quejumbrosos y llorones

¿Cuándo dejaremos ese pernicioso victimismo que nos hace creer que el mundo (bueno, la FIFA, por lo pronto) está contra México y que los árbitros nos roban en los partidos de futbol? ¿Por qué no reconocemos, de manera sensata y serena, que México juega simplemente lo que puede jugar, que no es una gran potencia y que hay otros equipos que son mejores? ¿Y por qué no admitimos, sin caer en destempladas autodenigraciones y rabiosas críticas, que para ganarle a Holanda, por ejemplo, hace falta meterle dos o tres goles o, en todo caso, saber manejar un resultado mínimo como solían hacerlo esos italianos que tan descaradamente practicaban el catenaccio

Resulta muy exasperante escuchar, una vez más, las jeremiadas de todos esos que, incapaces de aceptar que nuestra selección nacional tiene innegables limitaciones, reparten culpas entre los organizadores (a ver, ¿por qué diablos se opondría la FIFA, o quien sea, a que México sea campeón del mundo si, después de todo, somos un gran país —con una economía de mucho peso— cuya generosísima afición hace funcionar a tope el negocio?) al tiempo de que siembran la especie de que la competición está amañada y de que Brasil será obligadamente el campeón gracias a las marrullerías de los árbitros. ¿No advirtieron, el otro día, la angustia que vivían, justamente, unos jugadores brasileños sometidos a una presión colosal? No parecían, en lo absoluto, creerse que ya tenían el título en el bolsillo en un partido, llegado a la etapa de los penaltis, que podrían haber perdido si a los chilenos no se les aflojan las piernas a la hora de la verdad.

En cuanto al pintoresco Piojo, no resistió tampoco el impulso de quejarse del arbitraje. No nos explicó por qué sacó a un delantero del terreno en vez de dejarlo ahí para que anotara otro gol. Y tampoco nos aclaró la razón por la que México no pudo liquidar a Holanda de una buena vez. En fin, sigamos con nuestro lastimoso papel de víctimas.