Interludio

Merkel sí puede estar en los estadios


La habrán visto ustedes, a la señora Merkel, canciller de la República Federal Alemana, en la tribuna de la Arena Fonte Nova, en Salvador de Bahía, durante el partido que la selección teutona jugó contra Portugal. Lo primero que me vino a la mente fue la catarata de denostaciones que hubiera recibido Enrique Peña si hubiera tenido la ocurrencia de aparecerse en alguno de los juegos del Tri en la etapa de grupos (si nuestro equipo nacional llega a jugar, digamos, la semifinal, eso ya es otra cosa y a lo mejor tan magna ocasión merecería el perdón de los rabiosos naturales de México).

Pero doña Angela tan pancha que estaba ahí, sin complejos y sin culpas, con la satisfacción del deber cumplido y, por lo tanto, concediéndose con toda naturalidad el derecho a disfrutar un partido de futbol. La jefa del Gobierno alemán, por lo visto, es una gran aficionada porque muy seguido se aparece en las gradas de los estadios donde juegan los clubes alemanes o la Mannschaft. Y, miren ustedes, esta mujer es una de las figuras más poderosas del mundo y lleva los asuntos públicos de un país serio. No he leído los comentarios de la prensa germana pero supongo que esas escapadas —y Brasil no está a la vuelta de la esquina— son parte de una normalidad digerida ya por los ciudadanos, la oposición y los medios.

Es difícil hacer comparaciones entre dos países tan dispares, desde luego, y la reacción más inmediata de cualquier mexicano descontento será la de señalar que la señora Merkel, en tanto que encabeza un Gobierno que sí cumple, puede permitirse esos privilegios. Si bien esto es cierto, las cosas no se reducen a una mera cuestión de legitimidad. Más bien, tienen que ver con ese clima de crispación, antagonismos y desatada ferocidad que vivimos actualmente en este país al punto que los actos más inocentes de nuestros hombres públicos se vuelven pecados imperdonables. En fin, no sé si Peña se dará el lujo, el domingo, de estar en Fortaleza.