Interludio

Maravilloso futbol

Con el perdón de quienes no disfrutan del balompié, no puedo casi imaginar una circunstancia de mayor felicidad que ésta, la que estamos viviendo ahora, debida al Mundial. Es un momento extraordinario en el que se combinan de la manera más afortunada todos los deleitables ingredientes que hacen, del futbol, el deporte más universal y más amado de cuantos se juegan en este planeta: el suspenso que precede los partidos, la ilusión de vencer al adversario y lograr el reconocimiento del mundo entero, el deseo de los pueblos de ocupar un lugar imperecedero en la historia futbolística, la exhibición del talento de algunos jugadores como una deslumbrante manifestación de la individualidad (ahí los tenemos, a los superhéroes, a esos Messi, Cristiano Ronaldo, Thomas Müller, Karim Benzema o Miroslav Klose, en quienes se depositan las esperanzas de millones de seguidores y que, al consumar sus hazañas, alcanzarán las alturas de los guerreros de la antigüedad o, si no cumplen, les tocará la suerte de los ídolos caídos), la fatal irrupción del azar, la enternecedora frescura de esos chicos que miran como dioses a los futbolistas que los llevan de la mano al entrar a la cancha, la convivencia de las naciones en un escenario fastuoso, la emoción desbordante de la gente en los estadios, los disfraces de unos aficionados que despliegan sin complejos sus excentricidades, esa picardía de los jugadores que tan fielmente refleja la natural marrullería de tantos otros individuos del montón, la representación de la injusticia encarnada en la torpeza (o, tal vez, la malignidad) de los árbitros, la eterna historia del débil que logra vencer al más poderoso, la inexorable dictadura del tiempo que pasa vertiginosamente en un partido donde se van desvaneciendo las oportunidades, en fin, la representación directa, en un campo de juego y en los ámbitos donde resuenan los encuentros, de lo humano, es decir, de todo aquello que tiene que ver con nuestras pasiones.

Bendito futbol. Bendito Mundial…