Interludio

Hoy toca trabajar


El retorno a la grisácea cotidianidad, luego de las vacaciones, sería uno de los trances más difíciles de afrontar para los individuos sojuzgados por el rígido calendario laboral. En principio, deberían de volver con las baterías cargadas y los ánimos al alza, luego de esa reparadora experiencia que significa poder desentenderse olímpicamente de las responsabilidades de siempre, así fuere por unos días (como ocurre en esta Semana Mayor que, con el perdón de ustedes, no parece en manera alguna una celebración de religioso recogimiento sino, por el contrario, una festividad descaradamente pagana, declaradamente hedonista e insolentemente comercial o, mejor dicho, comercializada).

Pero, lo que ocurre es que el mero impacto del reencuentro con la realidad de esos trabajos que suelen ser insatisfactorios, aburridos, pesados y, por si fuera poco, mal pagados, neutraliza casi por completo el posible efecto beneficioso de la fugaz evasión. Y es que, señoras y señores, la vida no es nada fácil para una inmensa mayoría de personas en un mundo marcado por la desigualdad: a lo mejor se siente muy bien el mandamás —al retornar al escenario donde acostumbra lanzar advertencias, amenazas, órdenes absurdas y ocurrencias— pero el de abajo, al que le caen encima las humillaciones y las injusticias, ése no disfruta tanto de las cosas. Y, en este sentido, el problema no es el de tener una mínima capacidad para disfrutar de la vida de todos los días sino el de encontrarte en una circunstancia de fatal indefensión ante los abusos y los fastidios. Mucha gente, simplemente, no está en una posición donde pueda decidir sobre su propio destino sino que deber acomodarse, mal que bien, a situaciones de irremediable adversidad.

En fin, la fiesta se ha terminado y toca volver al mundo de los cumplimientos, los desempeños y las obediencias.

Buen comienzo de semana, lectores (y, por favor, no se desquiten conmigo)…