Interludio

Hacemos lo que podemos

Algunas personas se tragan enteritos los libros de autoayuda —o frecuentan cursillos de esos donde te adoctrinan de optimismo obligatorio o descubren terapias que les revelan, de un tirón, las grandes verdades de la existencia (debidamente simplificadas en eslóganes de una pueril e irritante obviedad: “hay que tener coherencia entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace”, ¡ay mamá!)— y luego van por el mundo en plan redentor y sabelotodo de tal manera que si te topas con ellos en el camino y se te ocurre soltarles la más mínima constatación de alguna desventura personal, por más momentánea y circunstancial que pueda ser, comienzan a aleccionarte, desde la superioridad que se imaginan que han adquirido gracias al apresurado aprendizaje de sus recetas, y te esbozan una realidad donde las cosas no son meramente lo que son, y sanseacabó, sino lo que debieran ser.

Y, como el bienestar y la felicidad y la armonía son principios incuestionables  —aparte de que los recién iniciados en esos jubilosos métodos ya se han apropiado, en exclusiva, de la “energía positiva” (la que desprende el planeta, según parece, o, a lo mejor, la que vibra en el universo entero) y que se creen, luego entonces, que pueden tramitar con bobo desprendimiento (y con una infantil capacidad para la negación) las adversidades de la existencia—, entonces quien se encuentra en falta, por decirlo de alguna manera, es uno mismo. Uno, quien, desde la propia experiencia, comprueba, día a día, la miseria de la condición humana y quien, reconociéndose en ella, confirma, entre otras cosas, la trágica grandeza de los perdedores, la ineludible realidad del sufrimiento y esa circunstancia —que, al final, resulta reconfortante porque nos hermana a los hombres en nuestras imposibilidades— de que, en la mayoría de las ocasiones, no podemos hacer más de lo que nuestra propia naturaleza nos permite. Lean a Shakespeare: sangre, odios incurables, celos, envidias, ambiciones… O sea, lo (irremediablemente) humano.