Interludio

Frenéticos compradores en las tiendas

Se me ocurrió aparecerme en un gran almacén durante una de esas llamadas “ventas nocturnas”. Me fui andando desde casa, para hacer algo de ejercicio y no sufrir el fastidio de quedarme varado en los habituales atascos de coches. Y, en efecto, al acercarme al centro comercial iba yo más deprisa que cualquiera de esos centenares de automóviles que taponaban las vías de acceso.

Ya en el lugar, aquello era una auténtica romería, una agobiante aglomeración de gente que se agolpaba en las cajas como si las mercaderías las dieran gratis. Y no estoy hablando del mentado “Buen Fin” sino meramente de una campaña promocional de 48 horas de una tienda. Tuve la suerte de que el objeto que deseaba comprar no fuera demasiado codiciado y que un vendedor me atendiera casi al llegar. Tampoco tuve que esperar demasiado, dos turnos o algo así, para pagar; en vez de “meses sin intereses”, esa especie de sentencia condenatoria que nos auto imponemos los imprudentes consumidores, preferí adquirir el producto con un 20 por cien de descuento. Trato de creer que fue una oferta real y no una dádiva ficticia aplicada a un precio previamente aumentado pero, en fin, varios de los artículos que se exhibían no tenían ninguna rebaja. Supongo que se rematan los productos que ya van de salida y que los de las líneas nuevas que ofrecen los fabricantes cuestan lo que cuestan. O sea, que así se deshacen los mercaderes de los bienes que se les han quedado sin vender en las bodegas o de aquellos que ya no figuran en los catálogos. Por eso, el comprador moderno está obligado a ser un constante renovador de objetos.

Envuelto en esa atmósfera de frenetismo consumista, no pude menos que pensar en el otro México, el de la gente que no consume casi nada porque no tiene dinero. Y me volvió a impactar la realidad de un país, el nuestro, que no sólo está más dividido que nunca sino que tardará décadas enteras en comenzar a ver la luz al final del túnel.