Interludio

Elogio de los débiles

Cada vez que consigno, en estas líneas, las devastadoras consecuencias que tiene la adversidad en la vida de tantísimas personas, me cae, de inmediato, una lluvia de airados mensajes escritos por la feligresía del optimismo idiota, con el debido perdón.

Esa gente es exasperante: resulta, para ellos, que las cosas nunca son lo que son: la decadencia de la vejez no es tal, tampoco la putada del desempleo, ni la amarga experiencia del fracaso, ni el igualmente durísimo trance de un divorcio sino que todas estas vicisitudes son siempre una oportunidad, miren ustedes, un punto de partida, una suerte de prueba y algo que, al final, deberíamos agradecer porque te lleva a la invalorable circunstancia de expandirte como individuo y de movilizar tus recursos. De sacar la casta, vamos.

Pues no. Yo ha visto a personas que se derrumban y que no pueden levantarse jamás. Hay hombres colosalmente vulnerables. Hay mujeres muy frágiles. Hay gente que no se repone y que no logra sobrepasar los obstáculos. Hay jóvenes que quedan permanentemente marcados por el desengaño o la desilusión. Pero, justamente, ¿cómo los vamos a juzgar? ¿Cómo un hato de “perdedores”,  confiriéndole a este vocablo, encima, ese tufillo despreciativo que suele exhibir el “triunfador” arrogante, el que se siente por encima de todas las cosas y cuyos desplantes no serían, creo yo, más que una muy evidente demostración de su insensibilidad o de su falta de empatía?

Y, entonces, ¿qué tanto podemos identificarnos con la figura del caído en estos tiempos de mercantil insolencia donde lo que se celebra, por encima de todo lo demás, es el “éxito” y, por si fuera poco, entendido éste meramente como una superioridad en el tema del dinero? ¿Cuál es el lugar de los que no tienen en un mundo donde ya no importa el “ser” sino el “tener”?

La indiferencia universal se instauró desde que el señor Reagan y la señora Thatcher se aparecieron en el escenario. Imaginemos pues un mundo exclusivamente para los fuertes. Muy bien, pero no va a funcionar: van a terminar devorándose entre ellos.