Interludio

Elba Esther no aprendió nada del caso "La Quina"

Ahora que ha muerto Joaquín Hernández Galicia, brotan cuantiosas reflexiones sobre nuestro famoso corporativismo, esa práctica nativa tan consustancial a la cultura pública mexicana que la podríamos elevar a la categoría de un rasgo de identidad nacional.

Alguna vez, de paso por Tampico, me tocó escuchar la nostálgica evocación de aquel hombre, ya caído en desgracia, que a pesar de todos los pesares había embrujado y encantado, en sus buenos tiempos, a miles de sus conciudadanos. Era, según parece, una suerte de señor feudal o, mejor dicho, y poniéndolo en términos más locales, un cacique en toda la regla: mandón, generoso repartidor de munificencias, juez de paz, valedor de sus trabajadores, codiciado compadre, padrino universal, interlocutor obligatorio para celebrar provechosas transacciones y garante de jugosos contratos. En fin, tan poderoso e invulnerable llegó a sentirse nuestro caballero ejerciendo todas aquellas potestades que se le borró de su cabecita el origen de su gloria terrenal. O sea, se olvidó de que ese poder personal suyo no lo había no ganado en las calles ni conquistado con las masas trabajadoras sino que le había sido traspasado —de manera personalísima, discrecional y totalmente arbitraria— por el jefe de jefes, a saber, el Señor Presidente de la República. Luego entonces, estaba obligado, a perpetuidad, a seguir ofrendando incondicional tributo al mandamás de turno. Pero, ensoberbecido como estaba, se desentendió de las reglas. Y, miren ustedes, se le apareció uno que, a las primeras de cambio, decidió ajustar cuentas y poner a un leal escudero suyo al frente del poderosísimo sindicato petrolero. No tardó pues, Carlos Salinas, en servirse de la avasalladora maquinaria del Estado para sembrarle un cadáver debajo de la cama y mandarlo directamente a la cárcel a cumplir condena.

Eso fue antes. Hoy, la respondona de turno se apellida Gordillo. Pero, bueno, no la han acusado de matar a nadie. Los tiempos cambian…