Interludio

¿Desmantelar la reforma fiscal?

Una buena parte de la clase empresarial mexicana comienza ya a manifestar de manera abierta y palmaria su rechazo a una reforma fiscal que, desde el momento en que fue meramente planteada, no satisfizo nada al sector privado.

El estancamiento de la economía, dicen los hombres de negocios, se debe a la antedicha reforma porque los impuestos que tienen que pagar ahora los contribuyentes de siempre —esa clase media cautiva por ser parte de la economía formal, esos empleados públicos a los que descuentan de manera automática los tributos que le apoquinan a Hacienda, esos pequeños comerciantes que deben desembolsar una sustancial parte de sus escasas ganancias para comprar computadoras y contratar servicios de facturación en línea, esos patrones que solventan ya muchas otras cargas debido a las exigencias de nuestra agobiante burocracia y, finalmente, esos profesionistas independientes que necesitan forzosamente de los servicios de un contador para resolver sus obligaciones fiscales—, los tributos que tiene que pagar toda esa gente, repito, desalientan el consumo, el gasto, la inversión y el empleo.

La actual coyuntura es complicada porque no se advierten todavía los beneficios de unas reformas que no terminan de cuajar en el Congreso y, mientras tanto, el apretón de tuercas tampoco brinda frutos. Y lo malo es que el respetable público se impacienta —sin estar demasiado enterado de las cosas porque al ciudadano de a pie no le interesan los pormenores de la politiquería ni los principios de la ciencia económica— y exhibe una creciente inconformidad. El descontento es bien perceptible en amplios sectores de la sociedad mexicana: no sirven, en ese sentido, los anuncios de que habrá un colosal gasto en infraestructura como tampoco han valido las pasadas promesas. ¿Se puede pensar en que el gobierno dé un giro de 180 grados en el tema hacendario? No lo creo. La situación tendría que estar mucho peor. Pero, algo tendrán que hacer, y pronto, si no hay mejoría.