Interludio

Demagogia colgada de la pared

La vida es fundamentalmente un asunto de cotidianeidad. La política, por el contrario, se presenta a sí misma como el espacio privilegiado de las grandes ideas, los principios y las causas más trascendentales, todo ello aderezado de pomposas retóricas y aplastantes demagogias:

Te apersonas en algún restaurante de postín de la Ciudad de México y en la pared, por imperativa disposición oficial, resalta un aviso de ejemplar demagogia y corrección política: “En este establecimiento no se discrimina por motivos de raza, religión, orientación sexual, condición física o socioeconómica ni por algún otro motivo... [...] bla, bla, bla”. No me ha tocado la penosa circunstancia de constatar qué ocurre si se aparece por ahí un vagabundo andrajoso y maloliente que, buenamente y en pleno ejercicio de sus inapelables derechos ciudadanos, pretenda ocupar una mesa entre trabajadores y limpios comensales. Pero, me imagino bien a los meseros y al capitán cerrándole primero el paso hacia el comedero y, en caso de que haya logrado traspasar a la torera el umbral, conminándolo, con mayor o menor firmeza y misericordia, a que se retire inmediatamente del local. Supongo que expulsar a un pordiosero de un figón lujoso es, pues sí, un acto abiertamente discriminatorio aunque tan entendible como previsible: los restaurantes, después de todo, son simples negocios y a la clientela hay que garantizarle las condiciones necesarias para que se sienta a gusto. Tan sencillo como eso. Pero, entonces, ¿es letra muerta, lo del muro? Totalmente sí, señoras y señores. Es una expresión, otra más, del irremediable impulso cosmético que mueve a tantas de nuestras correctas autoridades y que se manifiesta, sobre todo, en esas disposiciones tan generosamente consignadas en doña Constitución: lees sus artículos y, vamos, te creerías que esto es como Noruega o Suecia, que vivimos en un dadivoso Estado de bienestar donde todas las garantías posibles —desde el derecho a tener, en automático, un trabajo digno, una vida segura, hasta la facultad de recibir una buena educación, pasando por los temas de la salud y la vivienda— están debidamente garantizadas para todos. Una cuestión que, por definición, debe ser universal y no excluyente. Por lo visto, hay una nueva y discreta moral pública que permite hacer distinciones de toda especie, inclusive aquellas que delatan una escandalosa adhesión a la ilegalidad.

Resulta, sin embargo, que a la antedicha Carta Magna la violamos tumultuariamente cada día de Nuestro Señor: ni cumplimos con sus preceptos ni mucho menos respetamos sus mandatos. Vivimos en un país injusto y escandalosamente desigual. Pero, eso sí, nos encanta la demagogia y nos solazamos en solemnes payasadas.

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