Interludio

¿Cuánta ilegalidad vamos a tolerar?

Miro, en los diarios, las imágenes de esos “maestros” de Oaxaca que destrozan las cámaras de vigilancia de su ciudad. Esos aparatos, por si no se quieren enterar, los pagamos de nuestros bolsillos los sufridos contribuyentes. Y, encima, no vivimos allí. Pues, al diablo con el federalismo distributivo, digo yo: estado que no genere, estado que no recauda. Punto. Que nuestros impuestos se gasten donde se cobran en lugar de que, como en este caso, los tire a la basura un gobernador apocado, acobardado, irresponsable y consintiente. Ah, y los sueldos de esos supuestos enseñantes también los apoquinamos nosotros. Y eso, para que dejen abandonados a los chicos en sus escuelas privándolos, a la torera, de un derecho tan absolutamente irrenunciable para los niños mexicanos que quienes lo violan debieran afrontar penas de prisión. Es una vileza de canallas dejar a los pequeños sin clases, ¿entendido? No, no lo tienen nada claro nuestros gobernantes…

Y luego nos preguntamos por qué se encuentran tan mal algunas entidades de la República. ¿Cuáles? Muy simple: justamente aquellas que tienen el peor nivel educativo. Ésas donde los profesores, que debieran ser los ciudadanos más ejemplares de la nación, se comportan como brutos bárbaros. Pero, por favor, que nadie les ponga un límite porque entonces nuestro Estado, tan permisivo y tan laxo, se trasmutará, en un parpadeo de ojos, en la maquinaria de un sistema político “represivo”.

Las palabras ya no valen en este país. Se han corrompido como todo lo demás. Pero, bueno, recuperemos de cualquier manera un adjetivo para calificar a los tales maestros: llamémoslos delincuentes.