Interludio

Cambiará Michoacán. ¿Y su gente mala?

Lo que yo siempre opino es esto: en un país puedes decretar nuevas leyes, invertir en proyectos de todo tipo, reformar las instituciones y ponerle nombres diferentes a los ministerios y departamentos pero, a ver, a la gente, ¿cómo la cambias? A la que ya está ahí, quiero decir. ¿Cómo transformas, desde dentro, a las personas? ¿Cómo le inyectas valores morales a un inspector que se ha dedicado, a lo largo de toda su vida, a cobrar comisiones por cada permiso de construcción que otorga? ¿Cómo logras que un policía corrupto se transforme en un hombre de bien? ¿Cómo consigues que el individuo desobediente e indisciplinado se vuelva un ciudadano respetuoso de las leyes? ¿A dónde lo mandas a ese juez que ha dejado libre a un peligroso asesino y que ha encarcelado, con la mano en la cintura, a una pobre mujer que no se dio siquiera cuenta de que estaba pagando con un billete falso?

Al haragán, ¿lo vas a convertir en el más trabajador de los hombres? Al irresponsable, ¿le inocularás el sentido del deber? Al traidor, ¿lo contagiarás de lealtad y gratitud?

Los mexicanos somos, como todos los demás pueblos de este planeta, gente mayormente buena. Digo, de otra manera, si nuestro medio natural estuviera sojuzgado permanentemente por individuos nefastos, hace buen tiempo que se hubiera extinguido la especie humana: primero, hubieran sucumbido los inocentes, sacrificados por los más violentos; luego, los bárbaros se hubieran matado entre sí. Al final, no hubiera quedado ya nadie ni para cerrar la puerta.

Bueno, pero, de todas formas, hay que decir que en este país hay un exceso de corruptos, ladrones, salvajes, asesinos y transgresores de todo pelaje. Ya están ahí, señoras y señores. Andan entre nosotros. Ya nos han hincado el diente al realizar cualquier trámite, al pagar una infracción, al contratar una reparación en casa, al llevar el coche al servicio o al participar en un sorteo. Si a un país lo hace su gente, para que cambie ese país tiene que cambiar… su gente. De acuerdo, pero ¿cómo?