Interludio

CAF: adjudicación directa. ¿Por ahí va la cosa?

Pasan los días, pasan las semanas, y no hay manera de que los azorados ciudadanos de este país podamos entender qué diablos ocurrió con la famosa línea 12 del metro de la capital.

Que se pueda emprender un proyecto así —de miles de millones de pesos— y que nadie pueda detectar a tiempo la incompatibilidad de vagones y vías, eso es tan colosalmente inaudito como si las obras que se realizan ahora en el canal de Panamá no sirvieran para que navegaran los buques. De no creerse.

Digo, si le pides a un carpintero que te haga unos estantes puede suceder que el hombre no mida correctamente el espacio entre los muros: en el momento de tomar la cinta métrica en sus manos, por distracción o mera ineptitud, se le esfuman un par de centímetros y luego, en su local, secciona unos maderos que, al intentar colocarlos en el lugar previsto, no dan el ancho. En este caso, que exhibiría de cualquier manera una sorprendente impericia, queda muy claramente establecida la responsabilidad: la chapuza la realiza un operario descuidado, uno solo, sin supervisión alguna de terceros. Pero, por favor, cuando construyes obra pública, así sea un simple puente peatonal, necesitas obligadamente de ingenieros y técnicos que, antes de siquiera comprar un costal de cemento, deben dibujar planos con especificaciones detalladísimas y concretísimas. Estos proyectos serán posteriormente revisados por un comité de expertos, sometidos a los correspondientes cálculos presupuestales y, al final, aprobados para que la compañía constructora comience, ahí sí, los trabajos.

No dudo de que el consorcio ICA-Carso-Alstom pueda construir desde una presa hasta una central nuclear. Algo ocurrió, sin embargo, que les cambiaron la jugada a medio camino, así nada más, y que les pusieron otro tren para que recorriera las vías que cimentaron. La empresa española CAF, a la que se adjudicó directamente un contrato de arrendamiento de trenes, fue la gran beneficiaria. Que alguien nos diga por qué.