Interludio

Argentina le clava la puntilla a Brasil

En Brasil, según parece, no deseaban que Argentina, su rival histórico en el balompié, se colara al partido decisivo del Mundial. Aspiraban a que la Albiceleste compartiera con ellos su condición de perdedores frente a las superpotencias europeas. Mal de latinoamericanos, consuelo de brasileños. Pues bien, ni eso. La suerte está echada luego de ese partido espeso (aunque muy disfrutable desde el punto de vista táctico) que los bicampeones tramitaron con los neerlandeses y que, llegado el momento de esos penaltis que tan eficazmente administró Holanda en su anterior encuentro, resolvieron con la enjundia que los caracteriza. Los argentinos son unos tipos muy sólidos que no se quiebran bajo presión.

Se dice que los tiros penales no son una lotería: si son bien ejecutados, no hay manera de que no suban al marcador. Pues, miren ustedes, lo fortuito de esta suerte futbolística no está en la propia naturaleza de la maniobra, en sus variables técnicas, sino en lo impredecible que resulta el desempeño de los humanos cuando afrontan una situación de extrema tensión. Y, ayer, los futbolistas holandeses no pudieron desplegar la entereza que se esperaba de ellos. Que vengan a decirnos, luego, que fallar los lanzamientos de un penal es cosa de mexicanitos apocados.

De cualquier manera, en lo que toca a los malos deseos de los brasileros, yo no advertía ventaja alguna en afrontar la circunstancia de jugar contra los argentinos el sábado y, tal y como están las cosas, de ser humillados de nuevo pero, en esa ocasión, por sus más odiados enemigos futbolísticos. Ya se encargará pues Holanda de consumar la ingrata tarea.

En fin, resultó que esta competición, que debía consagrar universalmente la superioridad del futbol de nuestro subcontinente, se la pueden apropiar todavía unos europeos, los alemanes, tan solventes como talentosos, aparte de organizados. Pero, se les va a atravesar, en el camino, una Argentina a la que, ahí sí, jamás le anotarán siete goles.