Interludio

Año nuevo: seguir conviviendo con los enojados

Una nueva subespecie recorre los territorios de la nación: la de los enojados. Sus individuos son mucho más visibles que cualquier otro grupo porque escenifican algaradas, alborotos y destrozos aderezados de exigencias tremendas: que renuncie Peña Nieto, que no haya elecciones, que resuciten los muertos o que desaparezca el Estado. Han tomado calles y plazas ahí donde otros colectivos, como el de esos policías obligados a afrontar en la indefensión a los violentos, guardan un ejemplar comedimiento. Justamente ¿cuándo vamos a comenzar a reconocer que los agentes de las fuerzas del orden también tienen derechos y que también pertenecen a la clase trabajadora?

¿Por qué los cuerpos policiacos no bloquean una autopista para denunciar que a uno de sus miembros le han fracturado el cráneo en una manifestación? Y, de paso, y ya puestos a protestar, ¿por qué no secuestran autobuses también los empleados públicos, los vendedores de las tiendas, los automovilistas (por el tema de los baches), los consumidores de telefonía celular, los trabajadores del sector minero, los padres que pagan colegiaturas, los vecinos que no tienen agua y todos aquellos ciudadanos que se sienten agraviados por esto o por lo otro?

Pues, resulta que casi toda la gente forma parte de una mayoría silenciosa que no reclama nada, ya sea porque está razonablemente satisfecha o porque no lleva dentro el germen de la agitación. El mero hecho de imaginar el caos que resultaría de que millones y millones de mexicanos participaran en violentas revueltas resulta estremecedor. Como no ocurre así, nuestras autoridades se creen que pueden seguir administrando alegremente bajas dosis de desorden. Esto no cambiará en 2015. En 2050, tal vez sí…