Interludio

Alguien dejó que se pudriera todo

Escuché a Graco Ramírez, el otro día por la tarde, entrevistado en la radio por Javier Solórzano. El gobernador de Morelos, por poco que se le aparezca un periodista enfrente, tiene que tocar obligadamente el tema de la seguridad en su estado. Y, en efecto, se llevaba a cabo una reunión sobre derechos humanos en Cuernavaca pero casi la primera pregunta que hubo de responder fue sobre secuestros, atracos, asesinatos, extorsiones, etcétera. Y, muy prudente el hombre, dio a entender elegantemente que sus antecesores se habían de tal manera dejado infiltrar por el crimen organizado que cuando le tocó asumir a él la máxima responsabilidad las cosas estaban ya totalmente podridas.

Tenemos aquí el caso de un gobernante que llega al cargo obligado a limpiar la casa desde los cimientos y que, sin contar todavía con los medios para comenzar a dar resultados —es decir, sin haber podido depurar totalmente a las policías, sin haber implementado todas las acciones necesarias (encima, de mediano y largo plazo porque en este apartado es imposible resolver los problemas de un día a otro), sin contar con las disposiciones legales para sustentar sus medidas y sin disponer de los recursos necesarios— es señalado inmisericordemente como el gran culpable de la desgracia. Graco hizo un diagnóstico muy detallado de la situación y habló, muy sensatamente, de las estrategias que ha puesto en marcha. Creo que acabará por dar resultados.

Pero, no solamente Morelos está en esa situación sino que lo mismo puede decirse de entidades como Michoacán, Tamaulipas, Guerrero o Zacatecas. Hay, en todos esos casos, una directísima responsabilidad de los anteriores funcionarios; gente, sin embargo, que ya ha dejado el cargo y que hoy se lava las manos.

Ya he hablado de esto: vivíamos despreocupadamente en este país y nos acomodábamos con comodona indiferencia a la corrupción reinante. Cuando nos despertamos, México se había convertido en un pequeño infierno. Nos toca, hoy, pagar los platos rotos.