Interludio

¿Albergue infantil o infierno terrenal?

El mundo funciona porque, a pesar de todos los pesares, siempre termina por haber gente capaz de realizar esfuerzos extraordinarios. Hablo de ese hecho, alentador, de que muchos individuos de la especie no se contentan, como la gran mayoría de nosotros, de estar ahí nada más y de vivir meramente su cotidianidad —e inclusive, de cumplir de manera intachable con sus deberes y obligaciones— sino que, luego de dirigir una mirada a su entorno y de constatar la omnipresente dureza de las cosas (y, sobre todo, de comprobar el sufrimiento de tantos otros humanos), deciden participar activamente en la solución de los problemas o, dicho en otras palabras, en mejorar el espacio en el que todos vivimos.

Hay así personas que se desempeñan en organizaciones de ayuda a los demás, que atienden a los viejos desamparados, que se ocupan de los huérfanos, que emprenden proyectos beneficiosos para la comunidad, que viajan a extraños países para socorrer a los refugiados o que, de entrada, hacen siempre algo más para aliviar el dolor y el infortunio de los humanos.

Y, al saber que alguien se ocupa ya de la tarea, quienes no llevamos a cabo acciones altruistas nos sentimos extrañamente eximidos, dispensados y exonerados de ocuparnos del tema. Es muy incómodo, desde luego, dejar los reconfortantes ámbitos que ocupamos todos los días para enfrentar con toda determinación el universo del dolor ajeno. Imaginen ustedes le experiencia de atender a un sujeto aquejado de repelentes dolencias o de estar ahí, en el sórdido escenario de la miseria, donde la desgracia se despliega de una manera tan descarnada como brutal. O piensen en los riesgos que corren quienes se colocan, por voluntad propia, en medio de un grupo amenazados y que se solidarizan con su precariedad. Pues bien, hay gente que da el paso adelante y que colabora de todas formas. Y, desafortunadamente, hay también individuos siniestros que se cuelan ahí para perpetrar sevicias. El mal brota, incontenible, donde menos lo esperas.