Interludio

¿A quién le toca poner orden?

Parece ya, de plano, la revolución: los edificios del Congreso y del Gobierno del estado libre y soberano de Guerrero asaltados por turbas violentas, por vándalos e incendiarios. Oigan ustedes, ¿pues en qué país vivimos?

Y, antes de eso, un suceso que parece un relato bíblico de cuando la barbarie: a uno de los jóvenes normalistas detenidos lo desuellan —es decir, le arrancan la piel— y le vacían los ojos. A los otros, cuyos cadáveres calcinados han sido encontrados en varias fosas (como si el tema de excavar un gran agujero para esconder decenas de cuerpos humanos fuera asunto de todos los días), no sabemos si los quemaron vivos.

¿Quién hizo esto? Muy sencillo: estas atrocidades fueron perpetradas por los sicarios de la pandilla de turno, miembros del “crimen organizado” (entre tantos que son, ya no nos alcanza el entendimiento para precisar si participaron los Zetas, los del cártel de Juárez, los del Golfo, los de la Familia Michoacana, los Caballeros Templario, los de Tijuana o Sinaloa, los de Beltrán Leyva o los de Jalisco Nueva Generación, unos tan crueles y sanguinarios como los otros) y, miren ustedes, integrantes de lo que, paralelamente, podríamos llamar la “policía organizada”.

Es asombroso lo que está pasando. Digo, si piensas que vivimos en tiempos de paz y que pretendemos ser una sociedad civilizada. Ocurre, sin embargo, que hay territorios enteros, en esta nación diversa y diversificada, donde la gente es simplemente más violenta que en otros pagos. Que venga un sociólogo y que nos diga por qué pero, por lo pronto, desde que tengo uso de memoria y desde que algunos miembros de mi parentela, oriundos de la antedicha entidad, me contaran de las cotidianas brutalidades en la Costa Chica, no puedo apartar, de mi prejuiciada visión, el ominoso sello del terror.

Hay que poner orden, desde luego. Y, sin masacrar a nadie. Por lo pronto, hay un gobernador que representa un colosal estorbo, más allá de que tenga tan tranquila la conciencia.