Política Irremediable

La vergüenza del futbol mexicano

No pretendamos negar méritos a unos futbolistas cuya mera pertenencia al equipo nacional entraña una muy rigurosa disciplina. Son jóvenes muy esforzados que, además, no tienen responsabilidad alguna en las torpezas de los árbitros. Y sí, brindemos también a esos jueces que silban los partidos de la Copa Oro el beneficio de la duda: son ineptos, antes que nada, por más que nos resulte muy sospechosa su actuación. No imaginemos, tampoco, que la muy turbia Concacaf, hija natural de la igualmente cenagosa FIFA, haya emitido, con la mirada puesta en la caja registradora, una secreta disposición para que México llegue obligadamente a la gran final del no tan gran torneo. Después de todo, el equipo de Estados Unidos está fuera a pesar de que la competición se juega en su territorio: contra todo pronóstico, y desafiando las leyes naturales, lo echó una selección de Jamaica que, miren ustedes, se puso muy peleona.

De la misma manera, no cuestionemos el derecho que tiene el Tri a ganar partidos de futbol porque de eso, de obtener victorias, va el tema, en todos los países y en todas las latitudes. No han vencido merecidamente, ni mucho menos, sino con las desinteresadas ayudas de los mentados árbitros, pero su mérito sí que lo tienen por haber estado ahí, en el lugar no equivocado y en el momento no errado. No desconozcamos, finalmente, la gesta, prácticamente milagrosa, de un equipo que ha llegado a la final practicando un futbol mediocrísimo y, sobre todo, desaforadamente inefectivo —por no decir impotente—, o sea, un juego sin goles, sin ideas y sin talento aunque, hay que reconocerlo, razonablemente empeñoso y difusamente entusiasta.

Ahora bien, lo que sí se nos atora en el cogote es la actitud triunfalista de un director técnico, el tal Piojo Herrera que, contra Costa Rica, tras de que le obsequiaran un penalti en el último suspiro del segundo tiempo de compensación, celebró el gol de Andrés Guardado como si hubiera ganado la copa del mundo. El hombre, curiosamente, es el primerísimo querellante cuando las decisiones de los jueces perjudican al equipo de México. En esta ocasión, sin embargo, no sólo digirió la sentencia sin chistar sino que exhibió la rabiosa alegría del revanchista que, por fin, se siente debidamente recompensado. En cuanto a sus pupilos, la actitud que mostraron en el partido que le arrebataron a un Panamá mermado ya por una expulsión injusta fue punto menos que vergonzosa: en un partido que ganaban inmerecidamente, sin mostrar mayores recursos futbolísticos, expusieron, ante el público de un país carcomido por la corrupción, sus prácticas barriobajeras —hacer tiempo, fingir faltas o perpetrar aviesas agresiones— y legitimaron así, en su condición de arquetipos a seguir para tantos niños y tantos jóvenes, la práctica del engaño y el modelo de la trampa. Qué vergüenza.

 

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