Política Irremediable

¿Quiénes son los verdaderos enemigos de la nación?

¿Qué problemas tenemos aquí? Pues muchos, muchísimos. Y, ¿quién tiene la culpa? La discusión se pone ahí más escabrosa. Según el bando en que milites, los grandes perpetradores del infortunio nacional serían “los ricos y los poderosos”, los politicastros de todas las distintas proveniencias, el “neoliberalismo” como una entelequia impuesta desde fuera (o, en todo caso, alegremente adoptada por los vendepatrias de dentro), los capitales del exterior y, en fin, toda una caterva de sujetos nefastos entre los cuales destacarían tanto los corruptos de siempre como los canallas de la última hora.

En la repartición de responsabilidades, sin embargo, hay curiosas ausencias: me llama la atención que los activistas que propugnan la resurrección de los 43 muchachos asesinados por una organización criminal no exijan el castigo a los verdaderos culpables y trasladen sus acusaciones a un Gobierno federal que, con perdón, no tuvo nada que ver en el tema o, en todo caso, pecó de omisión al consentir la turbiedad imperante en tantos municipios del estado libre y soberano de Guerrero. Pero, con perdón, ¿no habíamos quedado en que ésta era una República federal en la cual están clarísimamente definidas las atribuciones de cada una de las instancias del Gobierno? ¿Por qué, entonces, le endilgan a Enrique Peña la responsabilidad directa de lo que ocurrió en un municipio perredista de una entidad federativa sojuzgada por un corrompido y nefasto reyezuelo perredista e infiltrada por sicarios amparados por perredistas? ¿Hemos escuchado, en algún momento, “fue el PRD, muera el PRD” o “PRD asesino”? ¿Hemos visto a manifestantes con pancartas que exijan el exterminio de la banda Guerreros Unidos? No, las que resuenan son furiosas proclamas sentenciando que “fue el Estado” e injuriosas inculpaciones al “Ejército asesino”. De pronto, uno se pregunta si los justicieros militantes no estarán manipulados, pagados y dirigidos, justamente, por los propios delincuentes, para desviar la atención y escapar a los embates de la furia popular, por no hablar de que se aseguran así de seguir contando con la escandalosa impunidad que disfrutan los malnacidos en este país.

El demonio, en México, lleva el siniestro disfraz de los secuestradores, sicarios, torturadores y extorsionadores de las organizaciones criminales. Ellos son los primerísimos enemigos de la nación. Pero, pareciera que mucha gente no lo tiene tan claro.

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