Política Irremediable

¿Quién va a aplicar la flamante ley contra la corrupción?

El Servicio de Administración Tributaria (SAT), tan eficaz y tan implacable a la hora de perseguirnos a los contribuyentes de a pie, parece que no logra siquiera advertir el fétido olor que despide la podredumbre de la corrupción. Digo, el populacho —por más que se le suponga maldiciente, mal informado y revanchista— suele estar bien enterado de las raterías de sus gobernantes. Y sabe también reconocer a esos hombres honrados que, luego de su paso por la administración pública, viven en una discreta medianía juarista (sin que esto, con perdón, signifique que la estrechez deba ser obligatoria porque la riqueza, si es bien habida y explicable en el buen sentido de la palabra —es decir, que resulte de prácticas honestas—, no es fatalmente pecaminosa sino, más bien, una suerte de aspiración universal que debiera ser meramente facilitada con reglas justas para todos). O sea, que a cualquier husmeador del temible organismo de recaudación le bastaría con parar un poco la oreja para obtener las pistas que llevan a los grandes defraudadores. Y ahí están, además, los registros de propiedades, cuentas bancarias y empresas que darían debida cuenta del asombroso enriquecimiento que, volviendo al término, no es inexplicable porque los ciudadanos no tengamos la capacidad de imaginar estafas, fraudes y maquinaciones sino porque no corresponde a la realidad de los más elementales cálculos aritméticos.

Estas reflexiones vienen a cuento luego de que nuestros representantes en la Cámara Altísima votaran una ley para luchar contra la corrupción. Y, ayer que escuchaba un debate de periodistas sobre el tema, en el informativo radiofónico de Óscar Mario Beteta, uno de ellos habló, justamente, de la parcialidad de un SAT que cierra selectivamente los ojos para no ver lo que todos vemos y, desde luego, para no sancionar a los peces gordos. Faltaría, según parece, “voluntad política” para que el organismo hiciera cabalmente su trabajo. Lo cual nos lleva al asunto de siempre: mientras no exista un Poder Judicial verdaderamente sólido e independiente en este país, las leyes seguirán siendo meros buenos deseos.

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