Política Irremediable

Me torturaron. Soy inocente

¿Qué tan creíbles, o certeras, pueden ser las cifras sobre la tortura en México? Comencemos, antes de suscribir las infamantes denuncias de una muy variopinta cantidad de organizaciones y asociaciones internacionales, por reconocer que la justicia, en este país, se administra de manera tan desastrada como desastrosa. No hace falta verse envuelto en un suceso demasiado truculento para advertir la escalofriante malignidad del aparato judicial. La simple visita a una agencia del Ministerio Público para notificar el robo de una bicicleta suele ser una dura experiencia para unos ciudadanos que, por el mero hecho de tener que estar ahí, afrontan el trato despótico de empleados que, en el mejor de los casos, se encuentran ellos mismos atrapados en una inercia generalizada de incumplimientos o, con frecuencia, son también parte del oscuro entramado de la corrupción nacional.

Esa aspiración tan común que tenemos los mexicanos de volvernos personajes “influyentes” resulta, entre otras razones, de la dura realidad del común mortal cuando, sin otro amparo que el de su muy precaria condición de hijo de vecino, se enfrenta a la pavorosa maquinaria legal de un sistema fundamentalmente injusto en el que, para meramente comenzar cualquier diligencia, tienes ya que untar la mano de incontables intermediarios. De otra manera, sin dinero y sin relaciones, la justicia —lenta de por sí— se vuelve un auténtico calvario de trámites, esperas interminables y, al final, sentencias arbitrarias.

No ayuda tener un sistema procesal basado en la confesión (y en el que la policía científica brilla por su ausencia). Muchas veces, dudamos de la verdadera culpabilidad de alguien: no sabemos de qué manera fueron obtenidas sus declaraciones. Y, hoy día, la primera queja de cualquier criminal es de que “fue torturado”. El problema es gravísimo: un sistema con tan baja credibilidad difícilmente puede responder a denuncias y acusaciones, así de exageradas, malintencionadas u oportunistas que fueren. Al mismo tiempo, muchos delincuentes se suman arteramente al coro acusatorio, buscando una inmerecida exoneración. El peor de los mundos.

revueltas@mac.com