Política Irremediable

¿Cuándo hay tortura? Pues, no lo sabemos…

La tortura es un método de averiguación muy expedito: tienes a un sospechoso en tus manos y, en lugar de preguntarle amablemente que confiese sus culpabilidades —así como lo acostumbra la policía belga, miren ustedes, tan comprensiva y consintiente cuando los autores de cobardes atentados se “niegan a declarar”— comienzas a propinarle primeramente unos guantazos, a ver si se ablanda, le aplicas luego descargas eléctricas y, terceramente —digo, si sigue en plan desconsiderado y descortés el sujeto— le administras ya técnicas incontestablemente efectivas como la asfixia y otras que no quiero siquiera imaginar. Al final, te agencias a un criminal confeso, faltaría más.

Estos métodos, según parece, son los que acostumbran desde siempre nuestras nuestras policías—municipales, estatales y federales— y le ofrecen al aparato de justicia la invaluable ventaja de ya no tener que proseguir con más diligencias: no más investigaciones, no más pruebas, no más testimonios, no más quehaceres… El mejor de los mundos, vamos: la confesión, como primerísimo elemento probatorio de cualquier proceso penal.

Ya luego vendrán las posibles retractaciones pero, por lo pronto, el inculpado ya dijo lo que tenía que decir y ya tuvo, en un momento de espontánea y primigenia honradez (que, desde luego, no podrá atribuirse a sevicia alguna), la entereza de reconocer su malignidad. Ni hablar de una policía científica, ni de un meticuloso desfile de testigos, ni de una previa investigación para determinar (justamente) cuáles deben ser esos mismísimos testigos, ni de un detallado seguimiento de las diferentes etapas del sumario. No. Nada de eso. La confesión los exime a todos —a fiscales, agentes ministeriales, detectives e investigadores de todo pelaje— de tener que realizar su trabajo. Luego entonces, la tortura facilita enormemente las cosas. ¿Para qué embarcarse en fastidiosas pruebas periciales si una simple sesión de minuciosos tormentos físicos te ofrece resultados inmediatos?

Ah, pero, ¿qué pasa cuando no hay suplicios ni maltratos? Pues entonces es el mundo al revés, señoras y señores. El secuestrador canalla que mató a la hija de un empresario pretexta que lo han torturado y su abogado interpone un recurso de nulidad, no sólo por las consabidas  y habituales “fallas procesales” sino porque han violado los “derechos humanos” de su cliente. Ah…


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