Política Irremediable

Los muy extraños jueces de este país

El dueño del mentado Ferrari, ¿debía ser detenido? Pues, por lo pronto, un juez le otorgó la "suspensión provisional" para que no se apliquen ni ejecuten los actos de autoridad en su contra. Sus razones habrá tenido el magistrado para amparar al ciudadano Alberto Sentíes Palacio, cuyos esbirros golpearon brutalmente a un automovilista en las calles de la muy contaminada Ciudad de México. Pero, como siempre, la actuación de los jueces nos deja llenos de dudas. Los impartidores de justicia, en este país, liberan tranquilamente a redomados delincuentes, conceden amparos con pasmosa facilidad, dictan sentencias exorbitantes a los pobres diablos que cometen un delito menor (y, al mismo tiempo, son asombrosamente clementes con los más temibles criminales), exhiben una descarnada indiferencia ante las pruebas de inocencia que pudieran absolver a un inculpado, retrasan la concesión de resarcimientos —o la aplicación de castigos— atiborrando los procesos de trámites fastidiosos y se desempeñan con una espeluznante indolencia, por no hablar de la frialdad con la que responden al sufrimiento de las verdaderas víctimas. Es decir, que no cumplen con la elevada encomienda de asegurar imparcialidad y equidad a los afectados por acciones de ilegalidad sino que obstruyen, corrompen y envician el aparato de justicia de toda una nación.

No hay, en México, ámbito más oscuro y aterrador que el infausto universo de los juzgados, los tribunales, las audiencias, las "averiguaciones previas", los ministerios públicos y los "centros de readaptación social" (vaya engañifa, señoras y señores, cuando de lo que estamos hablando es de auténticos infiernos terrenales donde impera la ley del más fuerte y en los cuales no es posible dormir siquiera en una cama si no tienes dinero para pagar la cuota exigida por los matones que capitanean en ese abismo), un submundo repleto no sólo de magistrados indecentes sino de policías corruptos, inescrupulosos leguleyos, inspectores venales y gentuza de la peor ralea.

Sin certezas jurídicas nunca habrá seguridad en este país. Pero, miren ustedes, no hay nada más irremediablemente podrido que la justicia —lenta, siniestra, calamitosa, arbitraria y horripilante— que tenemos en estos pagos. ¿Estamos condenados a seguir viviendo décadas enteras de horror judicial?


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