Política Irremediable

¡Ya santificaron al gorila!

Miro, en un diario, la fotografía de una “capilla” en recuerdo a Hugo Chávez. Es algo así como una barraca, edificada en la Comuna Socialista ‘Simón Bolívar’ de Caracas, dentro de la cual se percibe una suerte de altar rebosante de figuras religiosas e imágenes del comandante exhibiendo fieramente el saludo militar. Al fondo, el lema “¡Dios con nosotros! ¿Quién contra nosotros?”; para que no te quede duda alguna de que el hombre es punto menos que imbatible con parecido patrocinio y, sobre todo, para que te lo pienses antes de siquiera intentar cuestionar sus maneras porque se te va a aparecer ni más ni menos que Dios padre para ajustar cuentas. Y encima del zaguán, otra divisa: ”Santo Hugo Chávez del 23”. En una de las paredes, un cartel con la silueta de Chávez reza: “A dos años de tu siembra”.

Santo Hugo, o sea. El golpista de usos autoritarios, el payaso insolente, el autócrata megalómano elevado a la categoría de deidad y provisto, en automático, de dones sobrenaturales que lo colocan en el Panteón donde, oportunamente hermanado a la figura de ese Simón Bolívar que también ya te lo sirven hasta en la sopa, su figura se vuelve tan inmarcesible como incuestionable, tan dominante como absoluta y tan agigantada como intimidante.

El comandante murió hace dos años, un 5 de marzo, y el Gobierno de su sucesor va a seguirlo homenajeando hasta el día 15. Imaginen ustedes las encendidas retóricas de Maduro y la apabullante solemnidad de unas pompas conmemorativas que serían bochornosamente ridículas si quien las escenificara no tuviera el poder, como el extravagante tirano de Corea del Norte, de encerrar y torturar a sus opositores, de silenciar a sus críticos y de llevar a todo un país a la ruina.

En fin, eso es allá, en el sur de nuestro subcontinente. Aquí, nos quejamos de todo y nada nos parece. Pero entonces díganme ustedes, por favor, si a Enrique Peña lo dejamos como está —es decir, que termine su administración y que luego se vaya sencillamente a su casa, como Zedillo o Calderón— o si prefieren que en su lugar nos gobierne un prócer santificado a perpetuidad.

 

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