Política Irremediable

¿Quién quiere matar a Fernando Moreno Peña?

Un colega colombiano, desembarcado en este país en la década de los años 70, me expresaba su sorpresa al constatar las prácticas de corrupción que descubría, las “mordidas” que acostumbrábamos los mexicanos, las extorsiones de los agentes policiacos y los pagos requeridos para agilizar cualesquiera de los fastidiosos trámites que nos exige esa burocracia calculadamente estorbosa que seguimos padeciendo. Lean, para mayores señas, el artículo donde mi amigo Luis González de Alba describe la maniobra imposible de realizar —estacionar un coche dentro de un rectángulo pintado en el piso, sin ayuda visual alguna, o sea, sin autos como los que están aparcados en las calles— para obtener el permiso de conducir y que él, naturalmente, no pudo ejecutar exitosamente por lo cual, enfrentado a la circunstancia de recomenzar de cero las enojosas, pesadas, cargantes, monótonas e incómodas gestiones para intentar otra vez la prueba, decidió hacer lo que todos los ciudadanos hacemos y asunto resuelto (no soy más explícito porque no estoy hablando de mí sino de un tercero, pero ustedes entenderán).

Volviendo a lo del conocido colombiano, las cosas, según parece, no eran parecidas en la nación suramericana en aquellos tiempos. Luego se pondrían mucho peor, con el tema de la guerrilla y los narcotraficantes pero, miren ustedes, hoy Colombia va de salida —turistas mexicanos me cuentan de la asombrosa resurrección de ciudades como Cali y Medellín— mientras que nosotros nos empantanamos cada vez más en una espiral de violencia y barbarie.

Ahora bien, con tal antecedente, esa podredumbre que mancillaba ya nuestra cotidianidad hace 40 años, no deberíamos de asombrarnos de lo que ocurre hoy, por más que muchos compatriotas no quieran reconocer el vínculo que existe entre la alegre cultura nacional del cohecho, tan aparentemente inofensiva, y la estremecedora realidad de un México carcomido por la trampa, el robo, el maltrato a mujeres y niños, la vileza y el cinismo.

Y ya nadie se salva: ayer, me horrorizó la noticia de que unos canallas habían baleado a Fernando Moreno Peña, el último buen gobernador de Colima. Sobrevivió milagrosamente. No sé qué más decir…

 

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