Política Irremediable

¡A prohibir la propaganda que no les guste!

Se veía venir: los partidos políticos, a pesar de lo encantados que parecían con el juguete nuevo de esas campañas negativas donde iban a soltar denuestos, afrentas, maledicencias y hasta falsedades para desacreditar al adversario (bueno, ni tan novedoso es el cachivache porque Fox y Obrador, entre otros impertinentes personajes de la galería, nos habían ya ofrecido una salerosa cuenta de despropósitos), pues resulta que, abiertas formalmente las hostilidades, se espantaron de sus excesos y, a falta de que vuelvan a manosear las leyes electorales para, ahora sí, dejarlas a su pleno gusto y conveniencia, se han puesto, por lo pronto, en plan acusica, quejica, plañidero, chivato, quejoso, gemebundo y denunciador para que la Suprema Fiscalía Perseguidora de Indebidos Ultrajes en Tiempos de Campaña —el INE, creo que se llama el ente, aunque uno ya no sabe de estas cosas porque, como dice la canción, todo cambia— escuche sus descontentos y proceda a suprimir, cancelar y prohibir terminantemente cualquier propaganda que disguste a alguno de los aspirantes.

Es una pena, oigan, porque muchas de las imputaciones que exhibían en sus spots propagandísticos se nutrían, justamente, de las murmuraciones y comidillas de los ciudadanos y a muchos de nosotros nos parecía muy refrescante que fueran ellos mismos, los de un partido político o los del de enfrente, quienes no sólo nos dieran voz sino que lo hicieran con unos recursos técnicos —producciones radiofónicas o televisivas realizadas por auténticos profesionales— que están totalmente fuera de nuestro alcance. Y esto, en prime time y para deleite, lo repito, de quienes no podemos expresar públicamente nuestra rabia y lanzar acusaciones, así fuere que contáramos con la plata para pagar tiempos en los medios electrónicos, porque la ley nos lo prohíbe.

En fin, fue bonito mientras duró pero, a partir de ahora, cualquier propaganda que se salga un poco del guión impuesto por los inquisidores de uno y otro bando será de inmediato eliminada. Como diría, precisamente, uno de nuestros clásicos: ¡al diablo con la libertad de expresión!

 

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