Política Irremediable

El pecaminoso acto de fumarte un churro

Lo de la marihuana es, sobre todo, un asunto de "moral y buenas costumbres" (dicho esto con la grave entonación que usan los conservadores cuando pretenden fundamentar sus infinitas restricciones). Y tiene que ver, su poca aceptación social, con una cultura que, por el contrario, casi siempre —salvo en los tiempos de la esperpéntica prohibición en los Estados Unidos— se ha acomodado a la realidad de los borrachos y que, hasta hace poco, consentía que se fumara en restaurantes, cafés y espacios públicos. Me tocó a mí entrar en alguno de aquellos bares de la Península (ibérica) donde los parroquianos piteaban a placer y la humareda era tal que salías del local con la ropa fatalmente impregnada de tabaco. Luego, se extendió por el mundo

entero la ofensiva puritana de los paranoicos fundamentalistas estadounidenses —cuya mayor victoria es que se oficialicen las interdicciones que lanzan y que se culpabilice prácticamente cualquier placer personal independiente (por llamarlo de alguna manera)— y en todos los países, incluyendo aquellos donde se admitían despreocupadamente los excesos de los juerguistas y licenciosos, se adoptaron medidas tan restrictivas como las que te impiden, ahora, fumar a menos de ocho metros de distancia de los muros del edificio de oficinas sito en la esquina de Paseo de la Reforma y Río Rin.

La mariguana, sin embargo, nunca tuvo demasiado prestigio social en estos pagos. No sólo no era consumida casi por nadie —salvo, como sentenciaba mi madre, por "alguno que otro soldado" (sí, señoras y señores, la acostumbraba la soldadesca de nuestras Fuerzas Armadas)— sino que jamás llegó a convertirse en una droga universal, como los antedichos tabaco y alcohol, por más que su uso se popularizara enormemente a partir de la década de los años 60. Hoy mismo, se penaliza todavía su comercialización mientras que, en una verdadera aberración legal, se consiente su consumo. Es decir, sigue el prejuicio. No es cosa de sanidad pública, aunque las autoridades pretexten que están obligadas a protegernos de nosotros mismos, porque otras drogas, las legales, las consumimos todos los días —en casa, en las reuniones sociales, en las fiestas— así de nocivas como puedan ser. Lo repito: es un simple tema de usos y costumbres.


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