Política Irremediable

Mojigatos, sensibleros y censuradores

Un lector de Javier Marías en EL PAÍS Semanal lo felicitaba por hablar claro a pesar de que vivimos en "una sociedad cada vez más mojigata, sensiblera y censuradora". Me encantó lo puntual de estos términos a los que yo añadiría el adjetivo de resentida. Combinas estos cuatro atributos y tienes como resultado la más perfecta representación de una modernidad extraviada en la intolerancia y el rencor. ¿Qué tan dañino podrá ser el humo de los cigarrillos como para que los fumadores sean implacablemente segregados en todos los espacios públicos y hasta cuando son invitados a una casa? ¿No puedo deleitarme con un pitillo en tu sala de estar porque te preocupa que tus mocosos, ensimismados con sus smartphones (díganme ustedes si puedo escribir esmartófono de ahora en adelante, estimados en lectores) en sus habitaciones, vayan a padecer, en una directísima relación causa-efecto, un cáncer aniquilador dentro de 50 años? Pues, mira, muchas gracias, pero no voy.

Este imbécil sectarismo se originó en los Estados Unidos, desde luego, donde ya no puedes siquiera confrontar a los estudiantes de una universidad con ideas que no comparten porque los estás sometiendo a rudezas que en modo alguno deben de sobrellevar. Pero inclusive en países que siguen siendo inteligentes han ocurrido asombrosos actos de censura: creo recordar que, en Francia, a una foto de Jean Paul Sartre le hicieron modificaciones para que el filósofo no apareciera en una publicación con un cigarrillo. Aquí mismo, donde la inmensa mayoría de la gente escribe con las patas, los inquisidores dejan pasar cualquier cantidad de dislates y faltas gramaticales pero que no se te ocurra garrapatear autista —que, en una sus acepciones, es meramente una palabra que describe a una "persona encerrada en su mundo, conscientemente alejada de la realidad", además de existir con anterioridad a que el padecimiento fuera reconocido universalmente— porque te habrá de caer encima una carretada de insultos, descalificaciones y hasta amenazas.

No estamos hablando de campañas legítimas para salvaguardar derechos y proteger a las minorías, aunque es muy encomiable que nuestras sociedades estén preocupadas por estos temas, sino que las causas justas se han vuelto un simple pretexto para prohibir todo cuanto pueda resultarle mínimamente molesto a alguien. ¿Hasta dónde va a llegar tan asfixiante tendencia?

revueltas@mac.com