Política Irremediable

El miedo a gobernar

Una pregunta: ¿qué pasaría si papá Gobierno se fajara los pantalones y (no insinuemos siquiera que moliera a palos a los agitadores que perpetran actos de vandalismo, como se hace en Suecia, en España, en Australia o en Estados Unidos, por no hablar que de algunos países innegablemente democráticos porque, señoras y señores, en Cuba, Rusia y Venezuela las autoridades no se tocan para nada el corazón a la hora de  reprimir violentamente a los ciudadanos, así sea que no hagan otra cosa que ejercer su derecho legítimo a la protesta) tomara, meramente, la decisión de no pagar los salarios de los profesores que no trabajan?

Repito la farragosa cuestión anterior, acortándola para que se entienda a las primeras de cambio, y refiriéndola a una circunstancia concreta: ¿qué ocurriría si el Gobierno mexicano dejara de pagar a los sediciosos de la CNTE? Digo, todos sabemos que esas personas tienen exactamente las mismas necesidades y obligaciones que nosotros, a saber, que requieren alimentación, que deben cubrir la renta o la hipoteca de la casa, que tienen que mantener a la prole, etcétera. Pero, entonces, si los antedichos profesores desembarcan, digamos, en Ciudad de México y se aposentan en una plaza pública durante tres o seis meses sin desempeñar actividad laboral alguna, ¿cómo demonios pueden solventar sus compromisos? Simplifico de nuevo: ¿de qué viven, de dónde sacan para comer, cómo pagan el agua y la luz de sus casas?

La respuesta ya la sabemos: ese mismo Gobierno que pretende asegurar las garantías más fundamentales de los mexicanos —entre ellas, el sacrosanto derecho de los niños a recibir una buena educación— no sólo se desentiende de sus primerísimas obligaciones sino que, en lugar de esto, asume compromisos que no le tocan y que ni siquiera tienen que ver con los provechos que verdaderamente merecen los ciudadanos. No me vengan a decir ustedes, por favor, que dejar sin clases a los chicos —de manera repetida, recurrente y deliberada— es un “derecho humano” o una “conquista laboral” que necesite de tal manera de la comprensión gubernamental, o de la generosa solidaridad de las autoridades, como para que ese acto, que no es otra cosa que el infame abandono de un juramento primordial, deba ser… ¡¡¡recompensado!!!

Y, bueno, aunque a todos los demás, excepto a los izquierdosos antisistema, nos exaspere esta realidad absolutamente anómala, nuestros gobernantes, lo repito, han preferido financiar dadivosamente los incumplimientos de una pandilla en lugar de exigirles, a esos zánganos irresponsables y funestos, la simple observancia de sus deberes y el acatamiento de unas reglas que el resto de los mexicanos sí cumplimos. ¿Por qué lo hacen? Pues, por miedosos, supongo…

revueltas@mac.com