Política Irremediable

No te metas con mi taxi

Salvo las ocasiones, pocas, en que me tocó alguno hosco y áspero —por no hablar de aquellas otras en que el taxímetro parecía consumir frenéticamente las distancias y el importe subía de manera exponencial—, mi simpatía hacia los taxistas es absoluta: son formidables conversadores, poseen un excepcional sentido común, saben de política y de futbol (temas obligados en cualquier charla) y, encima, su visión del entorno viene siendo una especie de termómetro de la actualidad que se vive en este país. Los hay, por si fuera poco, que son ciudadanos ejemplares: traen impecable el coche, son los primeros en acudir a las revisiones y controles que exige nuestra agobiante burocracia, sus papeles están en regla y trabajan incansablemente en durísimas jornadas de trabajo. Muchas veces me he dicho que México sería un país totalmente diferente si todos sus habitantes fueran así de cumplidores. Nunca desperdicio la oportunidad de entablar una muy sabrosa conversación con estos esforzados trabajadores y, en una ciudad como Aguascalientes, me he hecho amigo de varios como ese tal Cosme que me lleva habitualmente al aeropuerto (Cosmito, le llaman sus compañeros en el sitio) y con quien, además, comparto predilecciones partidistas y preferencias ideológicas. Otro, me contó que su hija más pequeña estuvo feliz de participar como uno de los ratoncitos en el El Cascanueces, el ballet de Tchaikovski que, llegado diciembre, se presenta cada año en el Teatro Aguascalientes y que es ya una tradición muy enraizada en esta comunidad.

Pero, entonces ¿podría olvidarme de estas experiencias (y de estos afectos) y, llevado por mis principios desaforadamente liberales, propugnar no sólo que se establezca Uber formalmente en el mercado sino condenar las movilizaciones de esos taxistas que, en Ciudad de México, bloquearon las calles para defender sus intereses? Mis adhesiones ya habían sido puestas a prueba cuando las autoridades del aeropuerto de la capital mexicana abrieron el servicio a la competencia en detrimento del tradicional Sitio 300, mi preferido, impidiendo inclusive que los antiguos concesionarios vendieran boletos dentro de la terminal. Hoy, se aparece Uber en el escenario. Pues bien, tomar partido es cada vez más difícil, en esta jungla despiadada.

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