Política Irremediable

Se manifiesta, otra vez, el México moderno…

Lo menos que se puede decir de México es que es un país de exorbitantes contrastes: mientras 40 o 50 millones de personas viven en la pobreza, somos el mayor consumidor de productos de lujo —trapos de Armani y Escada, relojes Audemars Piguet, deportivos utilitarios Porsche o Range Rover, etcétera, etcétera— de toda Latinoamérica, por encima de Brasil que, así de parecidamente desigual como pueda ser, debería de llevarnos ventaja por el mero hecho de tener casi 80 millones más de habitantes; somos una sociedad presuntamente conservadora y muy religiosa donde cientos de miles de parejas viven en unión libre y las chicas se embarazan alegremente sin estar casadas (madres solteras, vayan a Musulmania, a ver qué suerte les espera); somos también una nación que, a pesar de todos los pesares, vivió una revolución liberal en el siglo XIX y que ha consagrado valores plenamente modernos en sus leyes; el territorio bárbaro de los linchamientos es, a la vez, el escenario de disposiciones exquisitas que, en la capital de la República, garantizan facultades a las minorías sexuales, a los perseguidos políticos del exterior y a los animales domésticos; somos, finalmente, un territorio de usos avanzadísimos donde el más alto tribunal de la nación, la Suprema Corte, acaba de abrir la puerta al consumo de mariguana pero, por favor, no para los encomiables usos medicinales que pudieran justificar moralmente su utilización sino, miren ustedes, para fines exclusivamente recreativos. El principio que respalda la disposición es que no se puede restringir la soberanía individual y, así de nocivo como pueda ser que te fumes un porro, al final resulta que el Estado avasallador no se puede entrometer en tus decisiones de adulto responsable o, qué caray, desaforadamente irresponsable.

Me enorgullece profundamente la irradiación de modernidad que se germina a partir de la decisión de nuestros magistrados y, aunque el fallo de concedido por la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación no beneficia, por el momento, más que a los cuatro ciudadanos que interpusieron una querella para reclamar el respeto a su condición de individuos soberanos, la señal es clarísima: en este país tan asombrosamente contradictorio, la razón sigue abriéndose paso.


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